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POESÍA

Poemas sobre el tiempo, la memoria y todo aquello que dejamos atrás mientras seguimos caminando.

Siempre he escrito historias, pero hay pensamientos que no necesitan una novela para ser contados.

A veces bastan unos versos.

Cruces y senderos nace de esos momentos en los que uno mira hacia atrás y descubre cuánto ha cambiado: las personas que estuvieron, las que siguen a nuestro lado, las decisiones que tomamos, las que dejamos pasar y ese tiempo que continúa avanzando aunque quisiéramos detenerlo.

No pretendo explicar la vida con estos poemas. Solo escribir sobre aquello que todos, de una forma u otra, terminamos sintiendo.

El miedo. El amor. La ausencia. Los recuerdos. La enfermedad. Los hijos que crecen. Los lugares que un día estuvieron llenos y después quedaron en silencio.

Pequeños fragmentos de vida convertidos en versos.

Quizá alguno también sea un poco tuyo.

¿Alguien se acuerda?

¿Alguien recuerda sus veinte?

Devorábamos días y noches
entre risas y voces.

Éramos inmortales al tiempo.

Todo estaba por hacer y sentir.
Los colores eran más vivos
y los sentimientos, más puros.

El dolor aún no había llegado tan dentro.
Cualquier decepción duraba
tan solo un instante.

Siempre quedaba un mañana,
otra noche,
otra persona,
otro lugar donde empezar de nuevo.

No sabíamos de ausencias,
de despedidas para siempre,
ni de habitaciones que un día
quedarían vacías.

Teníamos prisa por vivir
sin saber que ya estábamos viviendo
los días que algún día
querríamos recuperar.

Ahora cierro los ojos
y todavía puedo vernos allí,
creyendo que aquello
no terminaría nunca.

¿Alguien se acuerda?

Yo sí.

Y quizá por eso
a veces duele recordarlo.

Hogar vacío

Hoy he abierto vuestra habitación.

Huele a polvo seco,
a ventanas cerradas,
a ese silencio extraño
que dejan las cosas cuando nadie las toca.

La cama sigue en su sitio,
también algunos recuerdos
que un día parecieron importantes
y que nadie quiso llevarse.

No sé cómo pudo pasar tan rápido.

Parece que fue ayer
cuando os pedía que bajarais la voz,
que recogierais la ropa,
que apagarais la luz antes de dormir.

Entonces la casa estaba llena
y yo, quizá, no lo sabía.

Ahora entro en vuestra habitación
y no hay nada fuera de lugar.

Nadie deja zapatos en el suelo.
Nadie cierra una puerta de golpe.
Nadie me llama desde el pasillo.

Todo está como tantas veces quise.

Ordenado.
Quieto.
Vacío.

Y pienso qué extraño es el tiempo:

tardasteis años en haceros mayores
y apenas un instante
en iros de casa.

Frío invierno

Te añoro más de lo que te temo,
porque de tu helor saco recuerdos
de un hogar, una chimenea
y una familia alrededor del fuego.

Añoro aquellas tardes,
el crepitar de la leña,
las voces llenando la casa,
el calor detrás de las ventanas
mientras tú aguardabas fuera.

Hoy vuelves como entonces,
golpeando los cristales con tu aliento,
pero ya no queda aquella casa
ni aquellas voces junto al fuego.

Por eso, frío invierno,
cuando regresas no me escondo.
Dejo que me hieles las manos
y cierro los ojos.

Porque durante un instante
todos vuelven a estar conmigo.

El tiempo

Eres cruel y despiadado,
obligándonos siempre a avanzar.
Nunca nos has preguntado
si queríamos continuar.

Te llevaste nuestra infancia,
los amigos, aquel hogar,
tantas voces ya lejanas
que no podemos recuperar.

Nos prometes un mañana
mientras nos robas el ayer,
y cuando queremos detenerte
ya ha vuelto a anochecer.

Nunca descansas, nunca esperas,
no conoces la compasión;
vas dejando tus heridas
en la piel y el corazón.

Pero algún día, viejo tiempo,
también te voy a derrotar:
cuando ya no pueda seguirte,
por fin me tendrás que esperar.

Cruce de caminos

Cada vez que decides
hay un cruce de caminos;
en cada elección reside
una parte del destino.

Un sendero queda atrás,
otro comienza contigo,
y nunca podrás saber
qué te esperaba en el perdido.

Elegimos sin certezas,
sin saber dónde acabamos,
con la duda de pensar
qué habría ocurrido al otro lado.

Quizá la vida sea eso:
avanzar mientras dejamos
otras vidas que pudimos
haber vivido esperando.

Y al mirar hacia el pasado,
cuando ya hemos recorrido
tantos cruces y senderos,
comprendemos el camino.

No fue el destino quien dijo
por dónde debíamos andar:
fueron todos nuestros pasos
los que hicieron el lugar.

Y si te hubiera elegido

Aquel día decidí no hablarte.

Con mirada esquiva,
sobraron las palabras.

No te quejaste,
no pediste explicación.

Bastó una mirada de decepción
antes de verte marchar.

Pensé que habría otros días,
otros momentos,
que algunas decisiones
podían deshacerse con el tiempo.

Pero los años siguieron
y tú seguiste con ellos.

A veces me pregunto
qué habría sido de nosotros
si aquella tarde
hubiera pronunciado tu nombre,
si en lugar de dejarte marchar
hubiera corrido tras de ti.

Quizá nada habría cambiado.

O quizá hoy,
al mirar a mi lado,
estarías tú.

Amor

Tropecé tantas veces
que llegué a creer que aquello era amar.

Confundí deseo con amor,
costumbre con compañía,
miedo a perder con querer
y soledad con despedida.

Hasta que, por suerte o por destino,
llegaste tú.

Y no hizo falta entenderlo.

Era aquello que llenaba
sin pedir nada a cambio,
que embriagaba sin hacer daño,
que convertía cualquier instante
en un lugar donde quedarse.

Entonces comprendí
que había pronunciado muchas veces
una palabra
cuyo significado desconocía.

Amor.

Ahora sé lo que significa,
pero sigo sin saber explicarlo.

Quizá porque algunas palabras
solo se entienden
cuando alguien llega
y les da sentido.

Lo que tengo

Nunca fui feliz del todo,
siempre me faltó algo.
Quizá pasé demasiado tiempo
mirando hacia el lado equivocado.

Conté aquello que perdía,
lo que nunca pude alcanzar,
los sueños que quedaron lejos,
los caminos que no pude andar.

Ahora, en la recta final,
cuando miro lo vivido,
ya no importa lo que falta
ni aquello que no he tenido.

Importan quienes se quedaron,
las manos que pude estrechar,
los momentos que fueron míos,
las personas a las que supe amar.

Tal vez la felicidad era eso
y tardé una vida en comprenderlo:
dejar de contar lo que no tuve
para abrazar lo que aún tengo.

Miedo

Sí, lo tengo a diario.

Antes venía algunas veces,
ahora conoce el camino
y llega cada noche
cuando intento dormir.

No puedo esconderme de él.

Se instala junto a la cama,
espera a que cierre los ojos
y entonces empieza.

Me invade poco a poco,
como un ejército superior,
conquistando cada parte de mi cuerpo
hasta no dejarme descansar.

Y pienso.

Pienso en el tiempo,
en lo deprisa que ha pasado,
en ese abismo de la vida
que antes veía tan lejos
y que ahora siento más cerca.

Pero no es mi final
lo que más miedo me da.

Es mirar a quienes quiero
y saber que también pasa el tiempo para ellos.

Pensar que algún día
puede faltar una voz,
una llamada,
una silla ocupada,
alguien a quien ahora puedo abrazar.

Quizá ese sea mi verdadero miedo:

no que la vida termine,
sino seguir aquí
cuando alguno de ellos
ya no esté.

Sin avisar

Llegó sin avisar la enfermedad,
colonizó mi cuerpo a su antojo,
creció con furia de tempestad
y fue apagando el brillo de mis ojos.

La debilidad atrapó mis pasos,
el miedo se instaló junto a mi cama,
los días se volvieron más escasos
y cada noche parecía más larga.

Pero algo no logró llevarse:
las ganas de seguir, de resistir,
porque aun cuando el cuerpo se quebrase,
quedaba dentro un motivo para vivir.

Y comprendí, al verla frente a frente,
que no elegimos cuándo ha de llegar;
pero mientras el corazón aliente,
aún queda una batalla que librar.

Meta

No es virtud querer intentarlo,
ni soñar con alcanzar la cima;
es resiliencia poder lograrlo
cuando la fuerza ya no te anima.

No es vencer sin haber caído,
ni caminar sin tropezar;
es levantarse estando herido
y, pese a todo, continuar.

Porque una meta no es el destino,
ni aquello que puedas alcanzar;
es no rendirte en el camino
cuando resulta fácil abandonar.

Lo que llevo dentro

Escribo mis sueños cada día,
esperando poder compartirlos,
convirtiendo en palabras lo que siento,
dando voz a lo que llevo dentro.

A veces nace alegre una historia,
otras veces se escribe desde el miedo,
unas quedan prendidas en la memoria,
otras mueren calladas en silencio.

Escribo porque así puedo encontrarme,
porque el papel escucha lo que pienso,
porque hay cosas difíciles de hablarse
que se vuelven sencillas si las cuento.

Y quizá alguien, leyendo mis palabras,
reconozca algo suyo entre mis versos;
entonces sabré que aquellos sueños
ya no viven solamente aquí dentro.

La razón

Tardé años en reconocerlo,
priorizando tener razón,
aunque no debía hacerlo,
y por eso pido perdón.

Hoy me parece ridículo
recordar aquellas batallas,
defendiendo mis palabras
como si nunca me equivocara.

Yo quería tener razón,
tú intentabas enseñarme;
yo levantaba la voz,
tú procurabas guiarme.

Confundí consejo con mandato,
experiencia con autoridad,
sin comprender que tus años
hablaban antes que tu edad.

Tuve que andar mis caminos,
tropezar donde advertías,
para entender que tus palabras
no eran órdenes: eran guías.

Hoy daría cualquier cosa
por volver a discutir contigo,
no para demostrar que sé más,
ni para sentirme vencido.

Solo para escucharte de nuevo
y decirte, sin discusión,
que tardé demasiado tiempo
en comprender que tenías razón.

Tarde

Llegué tarde a descubrir
los secretos de la vida;
cerca ya de partir,
se revelan las respuestas escondidas.

Tardé años en comprender
que ganar no era importante,
que hay abrazos que perder
duele más que cualquier combate.

Que acumulamos demasiadas cosas
y dejamos momentos por vivir,
que algunas palabras no dichas
ya nunca se pueden repetir.

Tardé en saber que el orgullo
solo sirve para alejar,
que perdonar cuesta menos
que aprender a olvidar.

Que el tiempo que malgastamos
no se puede recuperar,
y que aquellos que queremos
también un día se irán.

Ahora que conozco las respuestas,
cuando queda menos por andar,
comprendo el secreto de la vida:

haber sabido llegar tarde
también enseña
cómo vivir lo que queda.

Crecer

Nunca creí ser mejor,
pero lo plano me aburre.

Estar con quien no piensa
hace de la vida vacía.

Vivir es también crecer,
aprender del otro,
alimentarse de sus ideas,
de aquello que puede enseñarnos.

No quiero tener razón,
quiero encontrar preguntas.

Personas que me hagan pensar,
que cuestionen mis certezas,
que me obliguen a mirar
donde nunca había mirado.

Porque vivir
no es solo sumar años.

Es aprender,
cambiar,
equivocarse,
escuchar.

Y crecer también
con los demás.

Mi tierra

Recorrí muchos lugares,
anduve por muchas tierras;
algunas deslumbraron mis ojos,
a otras prometí que volvería.

Pero siempre que estoy lejos
crecen mis ganas de vuelta,
de regresar a mi Murcia,
de perderme por su huerta.

Echo de menos sus limoneros,
el perfume del azahar,
el Segura cruzando despacio
y la Catedral al despertar.

Sus días largos, sus calles,
las tardes que parecen no acabar,
incluso ese sol de justicia
del que no dejo de protestar.

Porque hay lugares que admiras,
lugares que quieres conocer,
lugares a los que regresas
por todo lo que te hicieron sentir.

Pero solo existe uno
al que no necesitas volver
para saber que te pertenece.

Mi tierra.

Mi Murcia.

Y hasta su calor infernal.

Roma

Eres el lugar que abrió mis ojos,
la ciudad que me enseñó a mirar,
a comprender que bajo nuestros pasos
otros aprendieron a caminar.

Llegué buscando monumentos
y allí encontré el mejor:
frente a tu eterna fuente
una promesa se selló,
un anillo encontró su lugar
y un «sí» de sus labios escuché.

No hay lugar como ese,
tampoco lo quiero encontrar,
porque aquel siempre será
el mejor para recordar.

Allí juré amor eterno,
allí comenzó algo más;
por eso, hermosa Roma,
cuando pienso en ti
ya no veo solo historia,
ni ruinas, fuentes y piedra.

Veo aquel instante.
La miro a ella.
Me recuerdo a su lado.

Y comprendo que desde entonces
tú también formas parte
de nuestra historia.

Mi primer intento de amar

Puedo ver tu sonrisa
dibujada todavía en mi mente.

Han pasado casi cuarenta años
y sigues estando ahí,
con tu pelo dorado
y tu piel sonrosada,
como si el tiempo hubiera decidido
no tocar aquel recuerdo.

Nunca me atreví a confesarte
que aquellos poemas
que aparecían en tu cartera
eran míos.

Te vi leerlos alguna vez
sin saber quién los escribía,
y yo guardaba el secreto
a unos pasos de distancia.

Nunca supiste quién era,
quizá intentaste adivinarlo,
quizá los olvidaste
mucho antes de que yo pudiera hacerlo.

Ahora ya no importa.

Han pasado demasiados años
para preguntarme qué habría ocurrido
si hubiera tenido el valor
de decirte la verdad.

No sé dónde guardará tu memoria
aquel muchacho que fui,
ni si queda en ella
algo de aquellos días.

Pero yo todavía puedo verte
con tu pelo dorado,
tu sonrisa intacta
y uno de mis poemas entre las manos.

Nunca supiste que eran míos.

Y quizá esté bien así.

Porque antes de saber qué era el amor,
antes incluso de atreverme a nombrarlo,
tú fuiste
mi primer intento de amar.

La llamada

No me sorprendió escuchar
aquella llamada sonar.

Con cuatro palabras quisiste cerrar
una historia que llegó a su final.

Ni siquiera hizo falta un adiós,
ni una explicación que recordar;
bastó el silencio de tu voz
para entender que era el final.

Durante unos segundos no lloré,
solo dejé el mundo callar.
Hay heridas que no hacen ruido
cuando empiezan a sangrar.

Miré el teléfono apagado,
esperando que volviera a sonar,
aunque sabía que esta vez
ya no ibas a regresar.

Y comprendí algo aquella noche
que nunca quise aceptar:
a veces quien más promete quedarse
es quien primero aprende a marchar.

Cómo olvidar

¿Cómo olvidar que te fuiste
si nunca te has ido del todo,
si mi memoria se niega
a dejarte ir?

¿Cómo dejarte marchar
si nos quedaron tantas cosas que decir?

Paso por tu portal
y aún te oigo reír.

Por un instante
vuelves a estar ahí,
como si todos estos años
no hubieran pasado.

No quiero recordarte
en aquella cama de hospital,
fría y blanca,
donde apenas reconocía
al amigo que conocí.

Prefiero encontrarte en la calle,
en nuestras risas,
en aquellos días
en que ninguno pensaba
que el tiempo podía acabarse.

Nadie debería partir
sin haber vivido todo.

Y tú, amigo mío,
te marchaste
antes de cumplir los veinte.

¿Cómo olvidarte,
si una parte de aquellos años
se marchó contigo?

Apego

Cuando has tenido poco o nada,
es difícil no aferrarse a algo.

Guardar todos los recuerdos,
por pequeños que parezcan,
porque tuvieron su lugar
en tu existencia.

Una fotografía,
una carta,
un objeto sin valor
para quien nunca estuvo allí.

Cuesta desprenderse
de aquello que un día
formó parte de nosotros.

No es guardar por guardar,
ni llenar cajones
de cosas que ya no sirven.

Es saber que algunas de ellas
fueron testigos
de quienes fuimos,
de quienes estuvieron
y de lo que vivimos.

Quizá por eso
me cuesta tanto desprenderme.

Porque hay cosas
que no ocupan espacio en una casa,
sino un lugar
en la memoria.
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